Reina del SÍ
Hija del Padre, que aguardas en la noche silenciosa,
te sobrecoges por el profundo encuentro con lo divino,
y escuchas su sí eterno: el milagro de la Encarnación se hizo en Ti.
Tus manos, unidas, indicando al cielo,
ya elevan la ofrenda del mundo entero,
y presentan al Padre el ferviente anhelo:
¡Que rompan los surcos, que se abran los cielos,
que brote del suelo el árbol de vida!
¡Que se hunda en la tierra tu semilla,
y que pronto florezca tu promesa!
Hija del Padre, que en tu oración anhelante
recoges la espera y el caminar cansado de la humanidad,
adelantas la hora en la que el Infinito asume la historia;
y aún sin saberlo, ignorando en tu sencillez
el obrar misterioso del eterno Misterio,
Tú misma asumes el dolor del nacimiento de la salvación:
Tu sí también acepta la espada que un día
arderá como fuego en tu corazón.
La espada que atraviesa el alma entregada
es signo seguro de predilección.
Hija del Padre, eternamente consagrada
a Aquél que te soñó como Hija y como Madre,
tu voluntad se funde con la suya en cada instante;
y en tu ingenuidad de niña, y en tu madurez de Esposa,
en tu abnegación de Madre, en tu condición de sierva,
ya nada te pertenece, eres toda del Padre.
Y este despojarte totalmente de ti misma,
esta pertenencia indivisa al Padre Eterno,
de tus elecciones te hace aún más dueña,
eres Señora de la libertad.
Hija del Padre, tu SÍ te hace Reina,
el Sí que, soberana, pronuncias, asumes y regalas,
el SÍ que libera la espera, el SÍ que consagra las ansias;
tu SÍ es corona del Padre, es la victoria de su fidelidad,
y así como Tú se la entregas,
Él, con tu SÍ, te corona, Reina de la victoriosidad.
¡Reina del SÍ, María, corona del Padre!,
siembra en mí el anhelo por pronunciar
aquella palabra que anuncia victoria,
garantía de un nuevo comienzo en esta historia.
Hija del Padre, que aguardas en mi noche silenciosa,
que tu SÍ sea mío y así yo misma sea
una pequeña Reina, portadora de tu promesa de victoria.
Amén.
María es Reina del Sí no porque lo haya pronunciado en el momento de la Anunciación, sino porque con actitud soberana, como Reina de sí misma, llevó ese sí hasta sus últimas consecuencias. La actitud de Fiat 1es la forma como Ella acompaña al Señor en su misión redentora; es la actitud de la Esposa del Redentor, es la actitud de la Madre del Hijo y de la Hija del Padre. Por eso la virtud de la fidelidad es, en María, la plenitud de su Sí. La fidelidad como virtud, expresada en su máximo grado al pie de la cruz, donde el anuncio de la espada que atraviesa su corazón se hace realidad, es el sí de la Anunciación hecho corona que María entrega al Padre. Y la fidelidad como don, como gracia que gratuitamente reparte el único Fiel, es la corona que el Eterno regala a su Hija probada en el amor.
¿Cómo podemos nosotras regalar al Padre nuestro sí hecho corona? ¿Cómo podemos ser también nosotras pequeñas Reinas de la fidelidad? ¿Cómo garantizamos, en nosotras, su victoria?
El Santo Padre Juan Pablo II, nos muestra las dimensiones de la fidelidad a través de las distintas etapas que tuvo que atravesar el sí de María en la Anunciación.
"... ¿Qué significa esta fidelidad de María? ¿Cuáles son las dimensiones de esa fidelidad?
La primera dimensión se llama búsqueda. María fue fiel ante todo cuando, con amor se puso a buscar el sentido profundo del designio de Dios en Ella y para el mundo. ‘ Quomodo fiet? -¿Cómo sucederá esto?’, preguntaba Ella al Ángel de la Anunciación. Ya en el Antiguo Testamento el sentido de esta búsqueda se traduce en una expresión de rara belleza y extraordinario contenido espiritual: ‘buscar el Rostro del Señor’. No habrá fidelidad si no hubiere en la raíz esta ardiente, paciente y generosa búsqueda; si no se encontrara en el corazón del hombre una pregunta, para la cual sólo Dios tiene respuesta, mejor dicho, para la cual sólo Dios es la respuesta.”
Mi búsqueda del sí
¿A qué preguntas que surgen en mi interior puede responder sólo Dios?
Ante una decisión importante, ¿busco ante todo el “rostro del Señor”, busco el querer de Dios en mi vida?
“La segunda dimensión de la fidelidad se llama acogida, aceptación. El ‘quomodo fiet’ se transforma, en los labios de María, en un ‘fiat’. Que se haga, estoy pronta, acepto: éste es el momento crucial de la fidelidad, momento en el cual el hombre percibe que jamás comprenderá totalmente el cómo; que hay en el Designio de Dios más zonas de misterio que de evidencia; que, por más que haga, jamás logrará captarlo todo. Es entonces cuando el hombre acepta el misterio, le da un lugar en su corazón así como ‘María conservaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón’ Es el momento en el que el hombre se abandona al misterio, no con la resignación de alguien que capitula frente a un enigma, a un absurdo, sino más bien con la disponibilidad de quien se abre para ser habitado por algo – ¡por Alguien! – más grande que el propio corazón. Esa aceptación se cumple en definitiva por la fe que es la adhesión de todo el ser al misterio que se revela.”
Mi acogida del misterio, mi SÍ
¿Qué situaciones concretas exigen de mí un “abandonarme al misterio”?
¿Cómo puedo transformar una actitud de resignación ante estas situaciones, en actitud de disponibilidad?
“Coherencia, es la tercera dimensión de la fidelidad. Vivir de acuerdo con lo que se cree. Ajustar la propia vida al objeto de la propia adhesión. Aceptar incomprensiones, persecuciones antes que permitir rupturas entre lo que se vive y lo que se cree: esta es la coherencia. Aquí se encuentra, quizás, el núcleo más intimo de la fidelidad.”
La coherencia de mi sí
¿En qué situaciones se vio amenazado mi sí por la incoherencia?
¿Cómo puedo prolongar este sí, esta aceptación de la voluntad del Padre, en una actitud que lo manifieste, que lo releve a quienes me rodean?
“Pero toda fidelidad debe pasar por la prueba más exigente: la de la duración. Por eso la cuarta dimensión de la fidelidad es la constancia. Es fácil ser coherente por un día o algunos días. Difícil e importante es ser coherente toda la vida. Es fácil ser coherente en la hora de la exaltación, difícil serlo en la hora de la tribulación. Y sólo puede llamarse fidelidad una coherencia que dura a lo largo de toda la vida. El ‘fiat’ de María en la Anunciación encuentra su plenitud en el ‘fiat’ silencioso que repite al pie de la cruz. Ser fiel es no traicionar en las tinieblas lo que se aceptó en público..."2
La constancia de mi sí
¿Cómo traduzco en mi vida el fiat al pie de la cruz de María?¿Qué situaciones de cruz amenazan la duración de mi sí?
¿Qué seguros de fidelidad tengo en mi vida? ¿El Santuario, el vínculo con el Padre, con María, la Santa Misa…?
María, Reina del Sí, queremos también nosotras presentarte la corona de nuestro sí vivido con fidelidad. Al finalizar cada día, quisiéramos entregarte los frutos de las luchas en el ambiente que nos rodea, que tantas veces nos empuja nuevamente hacia abajo, tejidos en una corona para que Tú misma los eleves al Padre. Aseméjanos a Ti, ayúdanos para que seamos como Tú, coronas vivas, para que podamos, con tu misma actitud soberana, vencernos a nosotras mismas, y así nuestra voluntad se funda con la del Padre.
Se Tú la Reina de nuestro corazón, conquista todo nuestro ser, para que podamos apropiarnos de tu Sí, y así, enteramente nuestro, lo plasmemos con fidelidad en nuestra vida para construir en nuestra Patria nuevamente tu reinado.
“Aseméjanos a Ti, y enséñanos a caminar por la vida
tal como lo Tú lo hiciste: fuerte y digna,
sencilla y bondadosa, repartiendo amor, paz y alegría.
En nosotros recorre nuestro tiempo,
preparándolo para Cristo Jesús.”