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Juventud Femenina
sábado, 04 de septiembre de 2010
  Columna de Asesoras  

 

 

 
     
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Hna. María Sol / Vivimos tiempos difíciles, violencia, injusticias, relativismo, confusión, una moral caída, etc. El Padre Kentenich solía llamar a esta situación “cambio de tiempo”. Una época antigua está en su ocaso y una época nueva está por nacer. Vivimos dolores de parto de una nueva época, de un tiempo nuevo que quiere encaminar nuevamente a la sociedad hacia Dios.

 
Pero entre tanto sufrimos las consecuencias de este ocaso del tiempo viejo. En la historia de la humanidad, ha pasado varias veces. Por lo general ha sucedido cada 500 años. Es como si cada 5 siglos la humanidad entera reviera sus principios y evaluara si ellos deben permanecer o no.
 
Sin embargo es importante saber que para el hombre, hay principios inmutables que hablan de trascendencia y otros que- al no hablar de trascendencia- pueden variar según la época o circunstancia.
 
Hace unos días atrás, me invitaron a un “panel pluralista” en el Salón Region Maders de la Legislatura de Córdoba, que trataba el tema “Sexo, género y matrimonio”. Se invitó a tres expositores, uno de ellos Sacerdote. Al escuchar las tres ponencias pensé: dos muy exactas y claras en contenido, pero con pocas herramientas pastorales, (no porque no sea factible, sino porque en 20 minutos de ponencia obviamente ese tema no se podría abarcar) y una con una tendencia claramente progresista que a mi parecer manifestaba una visión fraccionada de la realidad.
 
Al terminar las ponencias vinieron las preguntas. Estas dos tendencias claras, generó un debate interesante. Era llamativo ver las distintas generaciones de los oyentes: la generación mayor se preocupaba por la claridad de conceptos y por ende de la ley que de ellos deriva, y la generación joven se preocupaba por tratar de negar que existe un principio metafísico, un orden de ser que determina el orden de actuar.
 
Al escuchar las respuestas pensé: las verdades objetivas no siempre le responden al corazón inquieto del joven, y la negación del joven sobre el orden objetivo, sobre la ley natural, lo lleva a detrimento mayor de su corazón. En definitiva, ni un punto ni otro le dan respuesta al corazón. Y esto es un problema, porque toda crisis del hombre radica en el amor. La homosexualidad, las relaciones prematrimoniales, la droga, el alcohol, son todas consecuencias de un mismo origen: un corazón que no puede o no sabe cómo encauzar la fuerza de su amor.
 
En este ocaso de un tiempo viejo, la problemática más seria se ve en la sexualidad desordenada. El Padre Kentenich decía que pedagogía sexual no es otra cosa que pedagogía del amor, un amor amplio, abarcativo, que no se limita a lo instintivo, corporal. Cuando así sucede, cuando se lo fracciona y no se lo vive en todas sus dimensiones, el instinto se enferma. En el 28 de febrero de 1966, él dijo: “Ustedes no deben dejar de tener en cuenta que hoy en día el instinto sexual muchas veces es muy fuerte, muchas veces está muy enfermo. Y esa enfermedad se manifiesta –tal como sucedió en el ocaso del Imperio Romano- en que, entre otras cosas, la homosexualidad se expande de una manera tremenda”.
 
Si miramos con mayor profundidad la problemática de la homosexualidad, nunca se va a solucionar con leyes o cosas por el estilo (vale aclarar que hay grandes intereses económicos que están detrás de este tipo de leyes, y no buscan solucionar la problemática de la homosexualidad sino más bien sacar ventaja de aquellos que sufren esta realidad). Tampoco la problemática del alcohol, drogas, o de una sexualidad desordenada en los jóvenes, se podrán solucionar con leyes o con métodos anticonceptivos. Hay una problemática aún mayor que la de la homosexualidad que se expande, es la problemática de la ausencia de un amor verdadero, y es justamente aquí donde tenemos que trabajar.
 
“A caminar se aprende caminando y a amar, amando” decía el Padre Kentenich a los primeros congregantes. Para él, su misión consistía conducir a los jóvenes a María, justamente porque Ella es la gran maestra del amor. Vivimos una época marcadamente mariana, María quiere recorrer el mundo para enseñar a todos sus hijos a amar, y amar en plenitud.
 
Nosotras anhelamos ser pequeñas imágenes de María para este mundo, por eso es tan importante que aprendamos a amar así como Ella amó, para que podamos mostrarle a este mundo un modo de amar distinto, un modo de amar más pleno. En la mujer está el eje del cambio de esta situación, por eso tenemos que volver a la esencia femenina, esa esencia que está marcada fuertemente por el corazón. “¿En qué consiste el valor supremo de la mujer visto desde la naturaleza? En su corazón y en el cultivo de su corazón” PJK.
 
El corazón de la mujer tiene un plus de amor, que se expresa en esa fuerza unificadora y asemejadora. El amor tiene una línea que va hacia el otro: es el anhelo de cercanía, de entrega, de estar para el otro, de regalarse maternalmente. Y a la vez tiene una línea que vuelve, es lo que la conserva íntegra, es el respeto, el ser misterio, la aspiración a ser plena interiormente para poder cultivar esa gran interioridad que la hace atractiva, ya que la belleza de la mujer radica en su interior.
 
A la vez tiene un plus de sentimientos, es tan propio de la mujer el sentir con el otro, el poder ponerse en el lugar del otro, poder comprenderlo y asistirlo. La mujer, por su capacidad de sentimientos, vuelve a la humanidad más humana, más cercana. Ella tiene una gran capacidad de empatía, de gestar vínculos, por eso su corazón lleva también un plus de altruismo, de ese servicio para el bien del otro, fue María la que se dio cuenta que los novios no tenían más vino. Se trata de la delicadeza de la mujer que lleva a ver el detalle en función de lo que el otro necesita.
 
Por último podemos decir también que la mujer lleva en su corazón un plus de intuición. “Hay diferencias entre el pensar femenino y masculino, el hombre es más racional, analítico, lógico, la mujer más intuitiva. Intuición significa mirar. Es una visión. La mujer ve las cosas una al lado de la otra, el hombre lo ve una tras la otra. Con un golpe de vista, ella tiene todo delante de sí” PJK
 
Si a este corazón lo predisponemos a un amor puro, amplio, entonces poco a poco irá salteando las problemáticas de un amor fraccionado.
 
Existe un proceso vital en el amor, cualquiera sea sus formas o grados, y ese proceso lo podemos explicar con las leyes del amor según San Agustín; él explica el proceso del amor partiendo desde lo filosófico hasta llegar al amor sexual sin alma. El proceso comienza así:
 
  • Amor espiritual genera amor afectuoso, cálido: es normal y correcto. Ambos componentes deben complementarse. El corazón es el centro de la personalidad, pero la mujer debe educar sus fuerzas del corazón. No debe inquietarse si al querer a alguien espiritualmente, se despierta en el corazón una inquietud fuerte. Esto es normal, es parte de la naturaleza de las cosas. Mucho tiempo se dejó de lado la vida instintiva subconsciente, esto hizo que la naturaleza se enferme. La vida afectiva es muy importante encauzarla. Si falta la calidez en el amor, entonces no siempre seremos dueñas de nuestros sentimientos… Un cristianismo sin alegría para el corazón, es un cristianismo que pronto morirá. La educación del corazón debe primar en todo. María es nuestro prototipo del amor cálido y maternal.
  • Amor afectuoso genera amor de obediencia: la persona que ama de verdad, quiere dar alegría a la persona amada. Lo decía Jesús: “hago siempre lo que da alegría al Padre”. No es una obediencia separada del amor. Si quiero a alguien, me surge espontáneamente realizar su voluntad. Aquí entra la transferencia de vida: a aquel que quiero de verdad, se me transfiere a mí parte de su personalidad, por eso es que el amor es una fuerza que también asemeja. Toda persona tiene derecho de regalarle a alguien su corazón, pero lógicamente debe velar para que esa persona esté arraigada en Dios, sino puede llegar a ser un peligro muy grande. Debe ser una persona que me lleve a crecer en autonomía, en la verdadera libertad de los hijos de Dios, si se trata de una persona que me lleva a una dependencia insana, si yo no sé decidir nada sin antes consultarle a él o ella, entonces habría que tener cuidado de no caer en una relación que no me ayude a desarrollar la propia personalidad, y que a la larga me termina llevando a una inseguridad frente a la vida. Se trata de una obediencia animada por el amor, nunca por el temor.
  • Amor de obediencia genera amor familiar: el amor de obediencia conduce a una familiaridad excesiva. En el amor familiar sano, positivo, se da una unión de almas tierna y fecunda. Esto es positivo. La familiaridad cuestionable es cuando el respeto comienza a relegarse al fondo. En el amor debe haber siempre una cierta cercanía y una cierta distancia. Cuando falta la delicadeza, cuando uno empieza a “relajarse” en el trato sin cuidar aquellas cosas que mantienen el aroma del vínculo sano, entonces esa familiaridad puede comenzar a deslizarse. En el amor familiar, cada uno debe seguir siendo un secreto, un misterio que me atrae y que trato con respeto y amor.
  • Amor familiar genera amor carnal: es el amor familiar sin respeto. Se puede dar en el contacto físico, cuando en la caricia no prima lo espiritual, por ejemplo: dar la mano no es un simple contacto de piel, sino que habla de una cercanía espiritual, por eso no le doy la mano a cualquiera, sino a aquel con quien vivo una cercanía en el alma. Si en el diálogo de las caricias falta la dimensión espiritual, esas caricias pierden sentido, y no dicen nada, por eso empiezo a buscar otro tipo de caricias que expresen algo más, y así se llega a grandes caricias donde prima muchas veces sólo lo físico, cuando –si primara el respeto y lo espiritual- la más mínima caricia puede significar tanto más que aquella caricia apasionada que puede llevar a enfriar el amor. El grado de unión corporal debería ser siempre símbolo del grado de unión espiritual.
 
En definitiva, se trata de aprender a amar de manera orgánica, abarcativa, total, conociendo y respetando el proceso del amor, para evitar todo aquello que lo puede dañar, pero por sobre todo, para cultivar y fomentar todo aquello que lo hace crecer hasta las alturas más elevadas. Se trata de expandir el Reino del Amor, se trata de amar así como lo hizo María Inmaculada. Ella es la armonía perfecta entre razón y corazón, el reflejo del orden perfecto entre lo natural y lo sobrenatural, la balanza perfecta del amor en todos sus grados y formas. Ella expresa la metafísica del ideal femenino.
Hoy son pocas las que han permanecido fieles a la metafísica del ideal femenino. Aquí lo tienen: emancipación. Nuestro mundo femenino se emancipa cada vez más. ¡La apostasía de la idea original que Dios tiene de la mujer, es desintegración! Y cuando empieza la apostasía en una mujer, va rápidamente al abismo.
No pueden pasar por alto que vivimos una confusión de los sexos que no puede ser peor. Encontramos mujeres ahombradas y hombres afeminados. Por eso es que tenemos la tarea de formar sólidas y auténticas figuras femeninas y marcadas figuras masculinas, para un nuevo orden mundial.
Actualmente tenemos un mundo femenino y masculino muy poco diferenciado. Por eso es que los polos magnéticos entre un sexo y otro ya no se atraen, porque ninguno es "de raza pura". Si queremos volver a crear un mundo equilibrado, entonces no basta con ser sólo sobrenatural; tenemos que rehacer el organismo natural de vinculaciones en forma sana. Esta debe ser y permanecer como nuestra gran tarea futura. PJK
Que María Inmaculada y nuestro Padre y Fundador, nos muestren siempre por sus enseñanzas y ejemplo, el camino para desarrollar de manera sana el organismo de vinculaciones que nos capacite para amar de una manera pura, amplia y plena. Sólo así podremos ser mujeres reales, coronas vivas, que eleven nuestra Patria.      
Hermana María Sol

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