publicado en septiembre 20, 2010 09:29

Vivimos tiempos muy acelerados. Hoy todo se da rápido. Antes, se escribía cartas en papel. Llevaba un tiempo hasta que se conseguía un sobre, y otro tiempo más hasta llegar al correo. Sin embargo la información llegaba, y a pesar del tiempo, vivíamos sumamente comunicados con personas que estaban en la otra punta del país. Uno escribía y el otro respondía. Así, desafiábamos el tiempo y las distancias…
Cuando apareció el mail, parecía algo mágico… uno simplemente hacía doble clic, y la carta escrita llegaba en ese mismo momento… Ya no más buscar sobres, ya no más organizarse para ir al correo…
Lo primero que uno pensaba era: “cuánto tiempo se gana”. Hoy la técnica nos facilita mucho las cosas. Pero lo llamativo es que en lugar de regalarnos más tiempo para nosotros, nos hace correr de aquí para allá, y hasta también nos quita tiempo: podemos llegar a pasar dos horas en facebook y sin darnos cuenta…
Estamos llenas de información, pero no sabemos procesarla, no sabemos elaborarla. Y en medio de esta vorágine, hay alguien que siempre nos está enviando mensajitos, pero no necesariamente por el celular, sino lo hace directamente por el corazón: es Dios que una y otra vez intenta llamar nuestra atención para ayudarnos a crecer en felicidad y a no caer en un vacío existencial.
Últimamente se escuchan frases como: “Lo tengo todo pero siento que no tengo nada”, “si pudiera tener fe”, “cuánto me gustaría poder creer”. “Necesito paz…”Y quienes las dicen son personas exitosas en su profesión que a simple vista parecen tener todo.
Los jóvenes hoy tenemos posibilidad de todo, y sin embargo hay momentos donde se siente un gran vacío, sobretodo en las chicas, por ejemplo cuando vuelven de bailar y se encuentran solas en su habitación. Muchas veces sobrevienen momentos de vacío y soledad. O cuántas chicas invierten sus fuerzas en el estudio, logrando excelentes resultados, pero sin embargo muchas veces, sin entender por qué, el corazón llora y experimenta un vacío…
Si pienso en la profesional exitosa, en la chica divertida o en la estudiante aplicada, veo que nada de eso está mal. Son todas cosas temporales, cosas inmersas en el tiempo que tenemos y debemos realizar. Pero sin embargo, hay una voz interior que nada de lo temporal puede callar: es lo eterno que clama… esa huella de Dios impresa en el alma, esa originalidad que Él me regaló, esa misión que depositó en mí y que no siempre logra salir a la luz por tanto activismo que hay en nuestras vidas. Ese anhelo por vínculos profundos, que permanecen, que me regalan la certeza de que pertenezco a alguien… Somos capaces de escuchar 3 conversaciones a la vez, entendemos varios idiomas, pero el idioma del corazón no siempre lo entendemos. Lo que Dios depositó en lo profundo del corazón, eso no lo solemos escuchar. O no queremos escucharlo, porque da vértigo…
Vivimos en una cultura del vértigo, y lo aceptamos como tal. Pero el vértigo de escuchar lo que nos dicen nuestros ideales, nuestra originalidad, nuestra esencia personal, eso que nos hace auténticas, eso suele ser lo que no siempre queremos escuchar… Eso que habla de lo eterno en mí, que va más allá de las modas y las tendencias, eso es lo que verdaderamente me traerá felicidad. Es lo eterno que clama en mí a pesar de tenerlo todo, a pesar de todos los logros universitarios o laborales. Una voz que no puedo dejar de escuchar…
Es como la sabia del árbol, siempre está, pero se logra expresar con gran fuerza en la estación de la primavera. Es también como el misterio de los héroes de Schoenstatt, ellos supieron escuchar esa voz y entregarse por ella. Y así marcaron historia, fueron una Primavera Sagrada.
La JF argentina tuvo varias heroínas a lo largo de sus 75 años: Ana Gamboa, Victoria Thomé, María Elena Mateu y la última más reciente Valiera Juarez Venditti, más conocida por Hermana Margarita.
Para ella la vida era un juego de amor entre el Padre y la hija. Ella buscaba el querer del Padre en todo: lo veía detrás de las tareas que no le gustaba realizar, detrás del más débil que podía ayudar, pero sobretodo, lo veía en el querer de Dios que tantas veces tenía parámetros distintos a los que manejamos en este mundo. En su última etapa sólo le importaba escuchar al Padre, y esto le traía una gran felicidad, al punto que al enterarse de su enfermedad terminal, dijo lisa y sencillamente: “Estoy feliz porque el Padre me viene a buscar…” Y con esta actitud entregó su vida, con un rostro feliz, radiante y lleno de paz.
La entrega de la vida, Dios se la pide a unos pocos, pero la entrega de la vida vivida en lo pequeño, esa es la entrega que le pide a la mayoría. Nosotras decidimos a qué entregamos esa vida: sólo a lo temporal o a lo eterno que clama en nuestro interior.
Que María Reina, en esta primavera, nos ayude a todas a dar forma a nuestras actividades cotidianas desde lo eterno que Dios depositó en nosotras, y así, florezcamos en virtudes, como una nueva primavera sagrada que eleve nuestra Patria.
Hna. María Sol