publicado en noviembre 15, 2010 12:04

Elizabet Parodi nació en la Pcia. de Buenos Aires en 1960.
Desde 1978 es miembro del Instituto Secular de Schoenstatt, Hermanas de María.
Estudió teología católica en Alemania doctorándose con una tesis en Historia de la Iglesia. Trabajó en la asesoría de la Juventud Femenina de Schoenstatt durante 12 años. Posteriormente en la Obra Familiar. En la actualidad coordina el proyecto "por una cultura de alianza" de las Hermanas de María de Schoenstatt.
¿Por qué la comunidad de las Hermanas somos un "Instituto Secular"?
A lo mejor se han preguntado alguna vez por qué las Hermanas –en realidad todas las comunidades de consagrados en Schoenstatt– son, utilizando el término técnico, "Institutos seculares" y no congregaciones u otra de esas denominaciones que se utilizan para llamar a las comunidades religiosas dentro de la Iglesia.
El origen del término
Cuando en la Iglesia hablamos de secularidad como categoría teológica, el término no tiene la connotación negativa con que se lo utiliza sociológicamente: por ejemplo, se suele hablar de un mundo secularizado para hablar de un mundo sin Dios, sin dimensión trascendental.
El concepto secularidad se usa en el vocabulario teológico de la Iglesia desde hace un poco más de 60 años. Es un término técnico que expresa un aparente antagonismo en relación a la llamada "fuga mundi", –una expresión utilizada para comprender el proceso interior de quien se dedica a Dios "saliendo" por así decirlo del mundo– sin que este antagonismo tenga ninguna connotación negativa o de preferencia de una realidad sobre la otra. Al contrario, quiere expresar la pluralidad de las vocaciones en la unidad de un mismo anhelo: amar plenamente a Dios y hacerlo presente entre los hombres, para unos, por la dedicación total a Dios abandonando el mundo; para otros, por el movimiento inverso: Los miembros de los Institutos Seculares quieren ir, desde la consagración a Dios, a penetrar el mundo.
¿Por qué el P. Kentenich quiso que fuéramos Institutos Seculares?
Bueno, hay varios motivos, pero me voy a detener en uno de ellos que va al núcleo mismo de lo que nuestras comunidades de consagrados quieren ser dentro de la Familia de Schoenstatt y de toda la Iglesia. El Padre, inspirado en una idea de Vicente Pallotti, nos pensó con un carácter pontal, vincular, de "ligamento" por así decirlo entre las comunidades de larga tradición en la Iglesia (como por ejemplo las órdenes religiosas) y el mundo de los laicos. Con esta particularidad aspira a que hagamos en nuestras comunidades una síntesis creadora entre ambas realidades. Esto significa que las Hermanas de María, por ejemplo, llevamos en nuestra esencia y estructura algo de las dos. Miremos nuestro aspecto exterior: por el Vestido de María parecemos religiosas, pero a la vez nos vestimos de civil para hacer determinados trabajos de apostolado. Podemos vivir en comunidad… pero también estar solas en una ciudad, en un barrio, ejerciendo una profesión civil, etc. Pero estos rasgos externos son símbolo y expresión de una misión que llevamos en nuestra esencia misma de Institutos Seculares: el Padre soñó nuestras comunidades de consagrados en una profunda interacción con los laicos y con los religiosos, nos pensó uniendo, vinculando, nos dio un carácter de "eslabones" como él mismo lo llamaba…
El impulso de una fuente: la alianza de amor
El Padre pensó esto no por ser original y llamar a la vida algo novedoso, No, no lo hizo por "esnobismo", sino por una razón mucho más profunda. En realidad, para ser más precisa, por dos razones fundamentales. La primera se orienta al sentido que nuestras comunidades de consagrados tienen dentro de Schoenstatt: están al servicio de toda la Obra. Por eso mismo, en virtud a su misión al interior de Schoenstatt es necesario que, por un lado, vivan su consagración a Dios y a la Obra con la radicalidad y entrega de las comunidades religiosas; por el otro, por ser Schoenstatt un Movimiento laical, que vivan en el mundo, que compartan sus inquietudes y que penetren la cultura con el espíritu de la alianza. O sea, la primera razón la encontramos en la misión de los Institutos Seculares de Schoenstatt dentro de la misma Obra.
Pero esta razón se encuadra en otra cuyos horizontes son más amplios aún: todo Schoenstatt está inspirado por un carisma que parte de la alianza de amor con María en el Santuario. Ese carisma nos interpela todos por igual. Nos lleva a ser portadores y gestadores de una cultura de alianza allí donde estamos.
Cultura de alianza es cultura de vínculos, de lazos, de integración y cooperación. La característica de nuestras comunidades –su carácter eslabonal– parte y es expresión de nuestro carisma: la alianza une, integra, abre surcos de complementación. La secularidad de nuestros Institutos es por eso mismo un signo de esa alianza, del esfuerzo por hacer presente al Dios de la vida en todas las realidades del mundo. Por eso el Padre soñó que nuestras comunidades –los Institutos Seculares en primer lugar, pero en sí lo soñó para todas las ramas y agrupaciones de Schoenstatt– fuéramos como "eslabones", como alianzas vivientes, o apóstoles que dan testimonio de que la alianza de amor es orgánica, que une la naturaleza con la gracia, la causa primera con la causa segunda, el mundo con Dios.
¿Miti-miti?
Para serles sincera, cuando ingresé a la familia de las Hermanas y escuché hablar de esto por primera vez, empecé a observar todo para calcular en qué porcentaje éramos lo uno o lo otro. Ahora me río y pienso que en ese momento tenía una óptica demasiado "mecanicista" para interpretar la visión que el Padre Kentenich tenía de nuestras comunidades de consagrados. El simple "fifty-fifty" –50 % dedicadas a Dios y 50% dedicadas al mundo– no expresa en absoluto lo que significa el carisma de la alianza aplicado a lo "eslabonal" de nuestras comunidades. No se trata de sumar rasgos de un ámbito o del otro, sino de integrarlos. O mejor aún, de interrelacionarlos. Nuestra vida se conforma desde una opción por Dios y por un estilo de alianza con el cual queremos abordar cada cosa, las cotidianeidades de este mundo y las realidades trascendentales de nuestra existencia.
La levadura en el pan
Hay una imagen que utilizó Jesús para expresar esto que queremos los Institutos Seculares. La imagen me gusta por lo acertada y también, les soy franca, porque me imagino que la debe haber aprendido mirando cocinar a su mamá: Él habla de los cristianos como del fermento capaz de levar toda la masa. Esta es una imagen que sintetiza en buena parte lo que es la secularidad desde una óptica teológica y cristiana. La encontramos en los Documentos de la Iglesia sobre los Institutos Seculares y en el Capítulo sobre los laicos de la Constitución sobre la Iglesia del Concilio Vaticano II.
Lo bonito de la imagen es que la levadura y el resto de la masa no están en el pan en términos de antagonismos o rivalidades: la levadura penetra la masa para darle un nuevo perfil, para elevarla, para llevarla a la plenitud de su designio. Es un símbolo del servicio que los consagrados prestan a la familia humana. Y es un símbolo de nuestro desafío como Hermanas de María: ser levadura en el pan de Schoenstatt para que alimente a muchos hombres; ser levadura en el Pan de la Iglesia para dar de comer a la familia humana. Ser apóstoles de una cultura de alianza que abra nuevos horizontes de encuentro entre los hombres y Dios.
Un testimonio personal
A lo largo de mis más de 30 años como Hermana de María, tuve el regalo de que los proyectos apostólicos en los que trabajé me llevaron a vivir experiencias en las que ese carácter de levadura en la masa se me hizo como más claro y concreto.
Siempre me acuerdo de una vez que estuve en Austria, en Salzburgo –la ciudad de Mozart– participando en un simposio sobre justicia social y teología. Había ido con otros dos compañeros de mi facultad como estudiante becada y vivimos 10 días en un campus universitario con chicos de otros países, de otras opiniones y de otras religiones. Muchos de ellos provenían de facultades de derecho o de otras disciplinas humanísticas. Compartíamos todo: la cocina, la sala de estar, las conversaciones, los puntos de vista sobre lo que escuchábamos en el simposio y mucho más sobre la vida en general. La pluralidad no podía ser más grande… y en muchos casos yo sabía que mi apostolado no estaba en "decir una buena palabra" sino más bien en escuchar, respetar, buscar lo que pudiera haber de verdad en lo que decían y fortalecerlo. Hasta hoy recuerdo esa experiencia como un momento importante en mi vida. De repente se me hizo concreto que ser miembro de un Instituto Secular significaba poder enfrentar con naturalidad esa y cualquier otra situación y poder responder a ella desde mi núcleo interior. Viviendo con libertad y radicalidad lo mío aún en medio de las situaciones más adversas. Mi presencia no impulsó ninguna conversión, ningún cambio de vida. Pero un chico me dijo que el conocer a alguien capaz de consagrarse a Dios y de ser feliz con ello, le había hecho pensar … que tal vez era cierto que Dios existía…
Hna. M. Elizabet Parodi