Juventud Femenina
domingo, 20 de mayo de 2012
  Columna de Asesoras  

 

 

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María en el camino de la cruz - Paul Spülbeck

 

María en el camino de la cruz
 
En la semana anterior al domingo de ramos, Jesús había ido de Galilea a Judea, quizás en una caravana, ya que eran numerosos los grupos que estaban en camino antes de la Pascua. Los evangelistas mencionan que también: “Había allí muchas mujeres mirando desde lejos aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirle” (Mt 27, 55). No nos equivocamos si pensamos que entre esas mujeres estaba también su madre.
 

 

 
Cerca del atardecer del Jueves Santo fue Jesús con sus discípulos a la ciudad santa para la cena pascual. Después de la cena pascual, las piadosas mujeres no regresaron a Betania, ya que con el crepúsculo comenzaba el Sabbat nadie debía alejarse de la ciudad más de mil metros, la distancia de un camino sabático. Quizás las mujeres permanecieron en la misma casa, ya que el dueño era un amigo del Señor.
 
 
¿Habría presentido o sabido algo María acerca de la desgracia que estaba ante su Hijo? Con toda seguridad. Jesús había predicho repetidas veces sus sufrimientos en todos sus pormenores, incluso por última vez en su camino a Jerusalén; por eso es casi imposible que María no lo hubiera escuchado. Había anunciado que sería entregado a los paganos – con esto sólo podía referirse a los romanos_, que sería azotado, escupido y clavado en la cruz y al tercer día resucitaría. Si los discípulos –en su esperanza meramente terrenal y política- no entendieron o no quisieron entender al Señor, María, que “guardaba todas estas cosas y las meditaba en su corazón” (Lc. 2,19), tuvo una visión más profunda y como madre sintió y vivió más estrechamente con su Hijo. Ella sí sabía a qué se refería y qué le sobrevendría.
 
Seguramente María conocía, a través de conversaciones y noticias, el sentir del pueblo y la gran desilusión que Jesús causó el domingo de ramos cuando entró triunfalmente y después no quiso se nombrado rey nacional de Israel, sino que se alejó de allí. María también estaba enterada del odio que su Hijo provocaba en las autoridades judías y de la intención de matarlo.
 
Debemos suponer que María pasó la noche anterior al Viernes Santo entre grandes congojas, sin dormir, y que preguntó enseguida por su Hijo a la mañana siguiente cuando, bien temprano, la noticia de que el Nazareno había sido apresado corría por Jerusalén como un rayo. ¿Se habrá quedado tranquila en alguna casa? ¿Qué madre no se apura para ir al instante hacia su hijo que está en peligro?
 
De modo que tenemos que buscar también a María en la gran plaza delante del castillo romano. Pálida y temblorosa está en un rincón, rodeada por Juan y algunas mujeres, escuchando atentamente lo que sucederá con su Hijo divino. Ve cómo Jesús es sacado del pretorio. Da un suave grito al ver su figura sangrienta, en un manto de burla y con la corona de espinas. Sus ojos buscan los de su Hijo. ¿Verá bien? ¿Sabrá que ella está entre la multitud? Seguramente su Hijo lo sabe, aún cuando su vista está baja y no mira.
 
Llega la sentencia. María sabía que las profecías sobre su Hijo se cumplirían exactamente y a pesar de ello espera hasta el último instante que se realice un rechazo público del procurador a los sumos sacerdotes. Pero cuando se agota la resistencia del orgulloso romano ante la insistencia impertinente de los judíos y se da la sentencia de muerte, el corazón de María quiere detenerse. ¿Su Hijo condenado a muerte? ¿Lo matarían ese mismo día? ¿Lo conducirían enseguida, lo clavarían en la cruz, en esa tremenda cruz? ¡No puede ser! María siente que se mueve el piso bajo sus pies.
 
¿Podemos presentir este sufrimiento de la madre de Dios? Nosotros estamos como meros espectadores, como extraños y curiosos en el camino, pero para María se trata de su Hijo, su hijo corporal, su Hijo divino. Aquí se toca el corazón de una madre, serán cortados vínculos vitales.
 
Lo que los hombres hacen a Jesús, se lo hacen a su madre. Esto siente ella en sí misma: el dolor y las llagas. ¡Si pudiera sufrir en su lugar!
 
 
Mientras que después de ser pronunciada la sentencia de muerte gran parte del pueblo se va, dejando de a poco vacía la plaza romana, María permanece allí con sus acompañantes. Juan es el único hombre que las protege. Los demás apóstoles no se arriesgan a estar en ese lugar entre la gente. La situación era tan crítica y peligrosa que debían contar, en caso de ser descubiertos, con actos de violencia, y al mismo tiempo, con que los acusaran y aún con la muerte.
 
¿Qué podían decir las buenas mujeres y el fiel Juan a la madre? ¿Habrán tenido palabras ante semejante sufrimiento? ¿De qué podrían hablar si lo terrible continuaba su marcha inexorable e inevitablemente? ¿Qué podrían hacer? ¿No están todos ellos imponentes ante esa sucesión de los acontecimientos?
 
Finalmente Juan y las buenas mujeres le piden a María que no se quede allí, sino que vaya al Templo o al Cenáculo para implorar la ayuda del Cielo. Con razón temen que María no soporte los tormentos inhumanos de una ejecución romana y que ellos pierdan, junto con el Maestro, también a su madre. Pero María se niega. Su rostro está pálido, sus rasgos quebrantados, sus ojos derraman lágrimas. Tiembla; no se puede hablar más que unas pocas palabras. “Dejadme estar aquí. Debo ver a mi Hijo”. Los demás pronto se dan cuenta de que no tiene sentido insistir. Entonces esperan con ella.
 
Entretanto, los que estaban en el Lithóstrotos van hasta la puerta principal del Castillo Antonia a presenciar la marcha del comando de ejecución. María, Juan y las pocas mujeres, se dirigen lentamente hacia el lugar opuesto de la gran plaza, allí donde comienza la calle.
 
María quiere rezar; sólo logra decir jaculatorias cortas: “¡Padre del Cielo, hágase tu voluntad. Tú sabes todo, ayuda a tu Hijo! ¡No lo abandones!”. En su sufrimiento y dolor María es totalmente madre, pero ella, la pura y sin mancha está tan profundamente sumergida en la voluntad de Dios que se manifiesta constantemente en una unidad con él.
 
María también sabe que sólo un desmesurado sufrimiento puede compensar los cuantiosos pecados que ha acumulado la humanidad a través de los siglos Ella misma, que jamás había dicho un sí al pecado, ahora dice un sí a los sufrimientos reparadores y redentores de su propio y único Hijo.
 
Se escucha el sonido de trompetas. El pueblo que espera está en movimiento. El gran portón de hierro se abre. El jefe de la ejecución, alto en su caballo, va adelante y lo sigue toda una comitiva armada. María se estremece; jamás se había parado en el camino cuando alguien era conducido a la muerte. ¡Cómo resuena en su alma el grito del pueblo, el retumbar de las fanfarrias! Sabe que esos ruidos se dirigen a ella, muy personalmente a ella. Esa que viene no es una comitiva cualquiera, no es cualquier comando el que está en marcha. Es su Hijo ese a quien conducen a la muerte.
 
Entre tanto la astuta y alegre masa se ha diseminado cruzando la explanada, hasta la calle que conduce del Lithóstrotos hacia la ciudad, donde desemboca una callejuela por la que penetra la comitiva. La gente está cabeza a cabeza, mirando boquiabierta. Está tan ocupada que no presta atención en ese momento a María y a sus acompañantes.
 
Cada vez más cercanas se escuchan las señales de trompetas exigiendo paso libre para los romanos. Cada sonido hiere como si fuera un cuchillo el corazón de la madre. Ya llegan. Delante de la comitiva saltan niños se la calle gritando; se alegran como si se tratara de una fiesta. Con las lanzas los empujan a un lado- María preferiría cerrar los ojos ante lo terrible que está por venir. Y ya arrastran a ambos malhechores, figuras semidesnudas como animales salvajes atados con sogas. María reprime con gran esfuerzo un grito de horror.
 
Busca con la vista a su Hijo. Lo tiene que ver, a su pobre Hijo. Y aquí lo traen, tambaleando, jadeando, desfigurado por la corona de espinas y la sangre, sucio por la transpiración y el polvo. Sus ojos están enrojecidos, su túnica deformada y manchada.
 
Ahora María no se puede contener más. Pasa a través del muro de gente y llama: “¡Jeschua, Jeschua!”.
 
 
 
Todos miran a la mujer que penetra en la comitiva de los prisioneros. María se inclina al lado de Jesús y se aferra a su túnica. El cortejo se detiene. Por un momento se apagan las conversaciones y los gritos de la gente. ¿Quién es esa mujer? ¿Qué hace junto al prisionero?
 
Jesús la busca con la mirada. Para él este encuentro significa, sin lugar a dudas, un gran dolor espiritual. Ve el indecible tormento y sufrimiento de la persona más querida que tiene sobre la tierra, la única que está sin pecado. Verla en tal dolor, saber en su cercanía a su santa madre, oprime el corazón del Hijo.
 
A pesar de esto, el encuentro también significa para el Señor un consuelo al comienzo del amargo Vía Crucis. Como lo había consolado un ángel en el monte de los Olivos, durante la agonía, así también ahora lo alienta interiormente el hecho de que en medio de ese mar encendido de odio, crueldad y maldad, haya alguien que lo entiende, que no lo abandona, que sufre con él, sí, que haya alguien que sin preguntas ni porqués está dispuesto a entregarse sin reservas, con él, a la voluntad de Padre, a sufrir con él y en él para al redención del mundo. El breve momento del encuentro de Jesús y María en el Vía Crucis es suficiente para que ambos renovaran ese acto de entrega perfecta.
 
Y ya irrumpe la tormenta. Alguien reconoce a María y grita: “¡Es su madre!” Entonces van de boca en boca palabras despectivas, burlonas, irritantes, maliciosas: “¡Su madre! ¡Oh, su madre!” Señalan con el dedo a María, se mofan y comienzan a insultar: “¡Mala mujer!”, grita uno. “¡Hubieras tenido que educarlo mejor!”, “Hay que crucificarla con él” grita otro. “¡Echen de aquí a la loca!”, y muchas palabras semejantes surgen de todas partes para la pobre, pobre madre. Pero María ve sólo a su Hijo, ve sus rasgos de dolorosos tormentos, ve sus ojos, su palidez, las hemorragias que caen de su frente.
 
Pronto silba un golpe de azotes sobre la espalda del Señor y una ruda voz indica que se siga caminando, mientras que otro increpa a María para que se vaya y que no interrumpa más. María se yergue y es conducida rápidamente por Juan y las piadosas mujeres detrás de la masa, mientras que la escolta con los prisioneros continúa.
 
María está ahora en medio de un grupo de curiosos que se ensaña en su sufrimiento y que no quiere perderse esa sensación. Aún más palabras malas zumban por las calles y penetran en su corazón maternal. Pero María les pide a los suyos: “vayamos tras él”. Y se apura la torturada madre para ir tras el comando de ejecución y estar nuevamente cerca de su Hijo. Cada vez que es reconocida recibe maldiciones, insultos, burlas y risas. Ella oye y siente todo. Pero tiene un solo pensamiento: estar con su Hijo, estar con Jesús. Así sufre María doblemente el Vía Crucis: el sufrimiento de su Hijo y su deshonra.
 
El cortejo de soldados romanos no está lejos. Con gran esfuerzo se abre paso entre la multitud por las calles sobre pobladas y se detiene por las caídas de Jesús y por las pausas que también tienen que hacer los malhechores.
 
Cerca de los soldados y curiosos están María y los que la acompañan, que van por tremendo camino hasta el lugar de la ejecución.
 
Extracto del Libro: “Jeschua” de Paul Spülbeck
 
Preguntas para la reflexión:
 
  • * Mi seguimiento a Jesús, ¿es como el de María que sabe soportar los insultos e incomprensiones y sin embargo se mantiene a su lado?
  1. * Cuando he escuchado críticas a la Iglesia: ¿supe defenderla o simplemente me quedé callada?
 
Recemos con el Padre Kentenich:
 
En tu arduo camino de cruz no puede faltar María,
Tu permanente Cooperadora en la salvación de los hombres;
El Padre la puso a ella al lado tuyo, como antaño le dio Eva a Adán por compañía.
 
Un mar de dolor conmueve los dos corazones…
pero nada podrá jamás arrancar de ellos la decisión de atenerse
inconmovibles a la voluntad del Padre,
Y de recorrer juntos el camino del sufrimiento.
 
Desde entonces, cada vez que se alza la humareda del fuego infernal,
Te sirves de María que pisa la cabeza de la Serpiente,
Para reprimir, por la palabra de una mujer,
A la Bestia, que abre sus grandes fauces de dragón.
 
En unión con María quieres salvar a los hombres,
Encadenarlos al igual que Tú a la voluntad del Padre.
Ella es y será siempre el señuelo, el imán,
Al cual nuestro corazón difícilmente podrá resistir.
 
Con tu bondad inefablemente generosa has regalado a Schoenstatt
La flor más noble de la humanidad;
Queremos guardarla en el Santuario del corazón
Y llevarla al mundo con audacia.
 
Por ti, Señor Jesús, con María, tu Madre y Esposa,
la que vence a la Serpiente pisando su cabeza,
concédenos ser, en el Espíritu Santo, instrumentos del Padre,
para construir aquí en la tierra su Reino de Schoenstatt.
 
Amén

 

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