Tiempo del Espíritu Santo
“Hoy desciende el Espíritu de fuego
al corazón creyente de la Iglesia,
el Señor que la quema y atraviesa
enciende con su llama el universo”
“Id y encended el mundo…”
Antes de que Jesús ascendiera a los cielos, nos prometió algo. Nos dijo que no nos dejaría solos, siempre iba a estar con nosotros hasta el fin de los tiempos.
En ese momento muchos no entendieron, y quizás nosotros tampoco podemos entender todo… Pero sí sabemos algo, Jesús cumplió lo que nos había prometido.
PENTECOSTÉS, es la venida del Espíritu Santo, el Espíritu del Amor, el Dador de Vida… Es el Consolador…
Cuántos hombres en sus vidas, llenos del Espíritu de Dios han actuado, movidos por amor y un gran celo apostólico, caminantes incansables, buscadores de almas, hombres y mujeres llenos de Dios que gastaron sus vidas, para tener la Vida, que entregaron sus fuerzas físicas y espirituales, que tenían el corazón lleno de amor. ¿Fue un gran amor a una idea que los hizo entregarse por entero, fue un ideal humano que les dió la fuerza? Fue la gracia de Dios, el obrar del Espíritu Santo.
Cuando alguien está fuertemente llamado a una misión, deja todo por ella. Somos testigos de hombres y mujeres de nuestro tiempo, que quizás no llegaron a ser mártires en un sentido cruento, pero si incruento, que entregaron todas sus fuerzas por anunciar a todo el mundo el Amor del Padre. Por ejemplo la beata Madre Teresa de Calcuta, el beato Juan Pablo II, nuestro Padre y Fundador que en su vida, pasando por grandes pruebas, se consumió por la misión que Dios le había confiado. Y cuántas personas que conocemos sus vidas, quizás muy sencillas y comunes a los ojos humanos, pero santos de la vida diaria. Santidad a la cual estamos todos llamados. Y cuántos habrá en la eternidad, que no conocemos, pero que también lo han hecho. Y ese es el misterio más profundo de Dios, Dios es Amor, y es Su Amor, que quiere derramarse, y cuán inmenso es ese don. Si supiéramos cuántas obras, cuántos problemas en el mundo se solucionarían, si dejásemos un lugar al obrar del Espíritu Santo, no sólo a nivel mundial, sino en el interior del alma. Cuántas discusiones, malos entendidos, faltas de caridad, tendrían menos cabida en nuestra vida, porque es el Espíritu Santo, el Dador de la Vida, el Santificador, el Paráclito que Jesús nos prometió, el que anhela descender en nuestro pequeño corazón para transformarlo, ÉL QUIERE VENIR, QUIERE DESCENDER A NUESTRA ALMA, para obrar allí el milagro de la transformación.
Dejar obrar al Espíritu Santo en nuestros corazones es abrirnos a la gracia de Dios, y para dejarlo obrar debo “hacerle un lugar”. Y para ello, debemos “preparar el terreno”. Si yo quiero construir una casa, cuando tengo el terreno, debo nivelarlo, construir cimientos profundos, vigas y columnas que lo sostengan. No puedo de la nada poner un ladrillo, porque durará poco la construcción. Como todo lo importante en nuestra vida, es un camino lento. También podemos ver el ejemplo del árbol, será más fuerte si sus raíces están bien arraigadas en la tierra, sino al primer soplo de un viento fuerte se cae.
Pensemos en la vida práctica, en lo de cada día. Supongamos que voy al colegio o a la universidad, o al trabajo. Generalmente, cuando llego estoy cansada, puede ser que haga frío, esperar a que venga un colectivo, o alguna demora de tránsito. Cuando llego, mis fuerzas, agotadas, piden, reclaman, descanso. Veo televisión, prendo la computadora. Y empiezan los mensajes, del Facebook, o del celular, el chat, los mails, la información. El programa de la televisión, que me gusta mucho… y de repente, pasan las horas. Y pasan más rápido, y sin darme cuenta, ya es la cena, y no me di cuenta. Y cuando me piden ayuda, estoy muy cansada… el día pasó, y empieza de nuevo, mi rutina.
Cuando voy por la calle, ahora entre el celular, y los mp3, 4, 5, y a este paso hasta el 100 no paramos, y no vemos a la gente, no escuchamos. Fíjense en el centro de una ciudad. La gente mira sólo el celular. En los colectivos todos con aparatos. No escuchamos, no vemos. Perdemos ocasión hasta de saludar por cortesía. Perdemos ocasión de ayudar aunque sea con un gesto a una persona. Perdemos ocasión, si a alguien se le cae algo al suelo, o a un anciano para cruzar una calle... porque no vemos, porque estamos muy compenetradas en nuestro mundo. De recibir “YA” la respuesta al mensaje de texto, porque nuestros minutos valen a veces más que los actos de servicio.
Todo nos lleva a “ocupar” mucho más nuestro tiempo. No hay tiempo para nada… Y llega el fin de semana, y se hace muy tarde de noche, y al mediodía levantarse, y pasa el tiempo… y así pasan nuestros días.
El Espíritu Santo quiere impregnar nuestra vida. Llenar nuestra alma. Cuando uno se sumerge en el mar, queda toda mojada, podríamos decir todo tiene agua. El Espíritu Santo quiere impregnar nuestra vida. Y eso no quiere decir que uno deje de hacer las cosas cotidianas, sino, que es hacerlas, mirando a Dios. Con los pies en la tierra, pero los ojos en el cielo… Desde cómo aprovecho mi tiempo, cómo ayudo en mi casa, qué renuncias hago por amor al otro (léase mamá, papá, hermanos, amigos), cómo me preparo responsablemente para un examen, cómo me distiendo y expansiono, etc.
En el Cenáculo, estaban reunidos con María en oración. Y es ahí donde irrumpe el Espíritu Santo y los llena. Y luego, comienzan a hablar en distintas lenguas. Cuántas veces hemos experimentado, de decir “No sé de donde me salió lo que dije…” cuando hemos ido a misionar, tener la palabra justa, el consejo que alguien necesitaba. Ahí obró el Espíritu Santo. Ante situaciones que ni uno mismo sabe cómo pudieron darse. En ese momento le dimos lugar a Su obrar.
Cuentan de santos, que ante situaciones humanamente muy difíciles, ya sea desagradables por la salud, o lo que fuera, le pedían a Dios, que les dé la gracia, y es así, como actuaban por amor, sin importar si era agradable o no.
Vivir en el Espíritu Santo es aprender a escuchar lo que el Padre Dios quiere. El Espíritu Santo nos impulsa, nos dará la gracia para ser una verdadera hija del Padre, forjadora del Reino.
María fue la única persona humana que toda su vida, estuvo totalmente abierta a la GRACIA DEL ESPÍRITU, Ella es “la llena de gracia”, llena de Dios, en su vida, actuó movida por los más leves deseos de Dios, por eso es la bendita entre las mujeres. Ella fue el primer Cenáculo.
Que nuestros Santuarios sean pequeños Cenáculos, para que el Espíritu Santo descienda en cada una, así cada día poder asemejarnos un poquito más, y ser para el mundo pequeñas Marías.
Que cada día el fuego del Espíritu encienda nuestros corazones y en el de las chicas de nuestra JF,
Hna María.