100 % Mujer
La fiesta de hoy, la Asunción de María al cielo, nos recuerda la victoria del mal sobre el bien, nos recuerda también el destino de nuestro cuerpo humano que está llamado a formar parte de la eternidad, del cielo. Sólo dos cuerpos humanos están hoy en el cielo: Jesús y María. Por eso esta fiesta nos quiere hacer recordar la belleza de ambos, especialmente hoy queremos meditar sobre la belleza de María.
¿Podría Dios haber creado un universo más lindo que el que ya creó? Sí, lo hubiera podido hacer. ¿Podría Dios haber creado una Madre más linda de la que ya se creó para Él? Se podría decir que no porque María Santísima es el ser más perfecto hablando de un ser de naturaleza humana. Recordemos que Cristo tenía naturaleza divino-humana. Se podría decir que Dios agotó todas sus capacidades creadoras en la MTA.
De María nunca se va a poder decir suficiente, Ella es el esplendor de la belleza, la Inmaculada, la armonía perfecta.
Ella es la encarnación perfecta de lo que Dios pensó para el ser humano. Cuando Dios creó el universo, creó las plantas, los animales, creó al hombre. Cada especie tiene su exponente más acabado, más perfecto a quien llamamos Rey. Por ejemplo, solemos decir que la rosa es la Reina de las flores, por su belleza, por su perfección, por su perfume. El León es el Rey de los animales, por su majestuosidad y su fortaleza. Y María es la Reina del género humano por su belleza, su integridad, su inteligencia clara que busca la verdad, su corazón cálido capaz de amar, y su voluntad firme que busca el bien.
Ella es la Mujer pura porque es puro mujer. No hay nada en ella que no sea digno del ser humano. Cuando compramos una prenda de ropa y dice: “puro algodón” es que la prenda tiene 100% algodón, y nada de poliéster. Por eso, cuando decimos que María es puro mujer, decimos que Ella es 100% mujer y no tiene nada de lo que no sea humano en Ella. Por eso es pura, por eso es Reina. Ella es modelo para todo el género humano. Fue creada sin mancha de pecado original en vistas a su maternidad divina.
Si la contemplamos a Ella contemplamos el querer de Dios sobre nosotros. Ella nos invita a volver al orden de ser del ser humano, a ordenar nuestra vida según el querer de Dios. Y en mí ¿qué desórdenes encuentro? Pueden ser decisiones instintivas en las que no reflexiono, palabras que pronuncio “sin querer” y hacen daño, subir al facebook fotos de las que me arrepiento después, escribir en el chat algo íntimo, extremos que me desarmonizan –estudio hasta “hartarme” o me divierto superficialmente hasta que también llego a hartarme… ¿Qué es lo que está desordenado en mí?
Imitar a María regala paz en el alma, frente a cada circunstancia o situación, podemos preguntarnos ¿cómo actuaría María, cómo lo hubiera hecho Ella, cómo hablaría, cómo pensaría?
Hay una pequeña oración que puede iluminar esta actitud:
Piensa Tú en mí María y mi pensar será iluminado y claro,
Habla Tú en mí María y puro y veraz será mi hablar.
Obra tú en mí María y justo será mi tratar y obrar.
Santificado será mi trabajo, santificado será mi descanso.
Llena y compenetra tú todo mi ser
Que en mí se refleje tu manera y porte.
Amén
María es Reina, Reina Vencedora porque Ella siempre vence. Lo vemos al comienzo de la historia de la humanidad, en el Protoevangelio, cuando dice: “Ella te aplastará la cabeza y tú le acecharás el talón”.
Existe una enemistad permanente entre la mujer que es pura por ser 100% humano, y el dragón que busca deshumanizar al ser humano. Enemistad que se va a mantener a lo largo de toda la historia hasta llegar al Apocalipsis donde la veremos nuevamente a María refulgente, coronada de 12 estrellas, revestida de sol con la luna bajo sus pies venciendo nuevamente al dragón.
Si recordamos la catequesis de los ángeles caídos, Lucifer, que podía conocer con más claridad que los demás ángeles el plan divino, al enterarse que Dios se encarnaría, se haría hombre en el seno de una mujer, se reveló porque no estaba dispuesto a adorar a un ser inferior a él y fue ahí cuando comenzó el mal: cuando Lucifer lo niega a Dios, lo rechaza, se aparta de Él.
Cuando aparece Eva, Lucifer va directo a ella, quiere evitar que el Verbo se encarne, la tienta, pero no se da cuenta que de esa manera está generando el motivo de la encarnación: “¡oh feliz culpa que nos mereció tan gran Redentor!” canta la Liturgia el sábado de gloria haciendo referencia a la culpa de Adán y Eva que Cristo vence con su muerte y resurrección.
Y luego aparece una nueva Eva, que es Ave, María, la Mujer íntegra sobre la que Lucifer no tiene cabida, no tiene acceso. Por eso donde aparece María, sale despavorido el dragón. Ella lo vence, le aplasta la cabeza. Por eso, el mejor modo de ahuyentar el mal de nuestras vidas es imitarla a ella, ser sus reflejos. Mientras más halla de María en nosotros, menos cabida tendrá el dragón en nuestras vidas.
Por eso, para terminar, podemos compartir la siguiente oración:
Mantén en alto el cetro,
Madre, protege a tu tierra de Schoenstatt,
Eres allí la única Reina,
Pon en fuga a todos los enemigos.
Créate allí un paraíso,
Mantén encadenado al dragón.
Mujer vestida de sol, surge esplendorosa
Y álzate hacia la altura meridiana.
Desde aquí construye un mundo
Que sea grato al Padre
Tal como lo imploró Jesús
En aquella anhelante oración.
Siempre allí reinen amor
Verdad y justicia
Y esa unión que no masifica
Que no conduce al espíritu de esclavo.
Manifiesta tu poder
En la negra noche de tormenta;
Conozca el mundo tu acción
Y te contemple admirado,
Te nombre con amor y se confiese reino tuyo.
Schoenstatt porte valerosamente
Hasta muy lejos tu bandera
Y sometamos victoriosos a todos los enemigos
Continúe siendo tu lugar predilecto,
Baluarte del espíritu apostólico,
Jefe que conduce a la lucha santa,
Manantial de santidad en la vida diaria.
Fuego del fuego de Cristo
Que llameante esparce centellas luminosas
Hasta que el mundo como un mar de llamas,
Se encienda para gloria de la Santísima Trinidad.
Hna María Sol