Juventud Femenina
domingo, 20 de mayo de 2012
  Columna de Asesoras  

 

 

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El centinela

 

El centinela
 
Érase una vez un viejo pueblecito, presidido por un castillo aún más viejo, que estaban situados en la frontera de un país lejano, al lado de un gran desierto. Tanto el pueblo como el castillo eran muy aburridos, porque raramente pasaba alguien cerca de ellos. Alguna vez se detenían a pernoctar extrañas caravanas, o caminantes solitarios, pero, en cuanto se alimentaban y descansaban, volvían a irse, dejando a los habitantes del pueblecito y del castillo con su diario aburrimiento.
 
Y así transcurría el tiempo, hasta que un día llegó un mensaje del rey de la nación informando de que, en la corte, se habían recibido noticias de que Dios en persona iba a venir a su país, si bien aún no se sabía qué ciudades y zonas visitaría. Pero era probable que pasara por el pueblecito. Por si acaso, debían prepararse para recibirle tal y como Dios se merecía.
 
  
Este hecho entusiasmó a las autoridades que mandaron reparar las calles, limpiar las fachadas, construir arcos triunfales, llenar de colgaduras los balcones. Y, sobre todo, nombraron centinela al más noble habitante de la aldea. Este centinela tendría la obligación de irse a vivir a la torre más alta del castillo y, desde allí, avizorar constantemente el horizonte, para dar lo antes posible la noticia de la llegada de Dios.
 
El centinela, feliz y orgulloso, se dispuso a permanecer firme en la torre con los ojos abiertos.
 
¿Cómo será Dios? –se preguntaba. ¿Y cómo vendrá? ¿Tal vez con un gran ejército? ¿Quizá con una corte de carros majestuosos? En ese caso, se decía, será fácil adivinar su llegada cuando aún esté lejos.
 
Pasaron los días y durante las veinticuatro horas no pensaba en otra cosa y permanecía en pie y con los ojos bien abiertos. Pero cuando hubo pasado así algunos días y noches, el sueño comenzó a rendirle y pensó que tampoco pasaría nada si daba unas cabezadas, ya que Dios vendría precedido por sones de trompetas que, en todo caso, le despertarían.
 
Y pasaron no solo los días, sino también las semanas. La gente del pequeño pueblo regresó a su vida de cada día; y comenzó a olvidarse de la venida de Dios. Hasta el propio centinela dormía ya tranquilo.
 
Pasaron meses e incluso años y ya nadie en el pueblo se acordaba. Incluso la población se fue instalando en tierras más prósperas. Se quedó solo el centinela, aún subido en su torre, esperando, aunque ya con una muy débil esperanza.
 
Y el centinela comenzó a pensar: “¿Para qué va a venir Dios?  Si este pueblo nunca tuvo interés alguno y ahora, vacío, mucho menos. Y si viniera al país, ¿Por qué iba a detenerse precisamente en este castillo tan insignificante?”.
 
Pero como a él le habían dado esa orden y como esa orden le había levantado la esperanza, su decisión de permanecer, era más fuerte que sus dudas.
 
Hasta que un día se dio cuenta de que, con el paso de los años..., se había vuelto viejo y sus piernas se resistían a subir las escaleras de la torre, que ya apenas veía y que la muerte estaba acercándose. “Me he pasado toda la vida esperando la visita de Dios y me voy a morir sin verle”, gritó el centinela.
 
De pronto, oyó una voz a sus espaldas que decía: “¿Pero es que no me conoces?”. Entonces el centinela, aunque no veía a nadie, estalló de alegría y dijo:
“¡Oh, ya estás aquí! ¿Por qué me has hecho esperar tanto? Y ¿por dónde has venido que yo no te visto?
 
La voz respondió: “Siempre he estado cerca de ti, a tu lado; más aún: dentro de ti. Has necesitado muchos años para darte cuenta. Pero ahora ya lo sabes. Éste es mi secreto: yo estoy siempre con los que me esperan y solo los que me esperan pueden verme”
 
Y entonces el alma del centinela se llenó de alegría. Y viejo, casi muerto como estaba, volvió a abrir los ojos y se quedó mirando amorosamente al horizonte.
 
ESPERANZA, FE, LUZ EN LAS TINIEBLAS, ALEGRÍA SILENCIOSA, FUERTE ANHELO… son algunas de las palabras que resuenan en nuestro corazón cuando pensamos en el Adviento.
 
FINALES, RECUPERATORIOS, CORRIDAS, CALOR, CANSANCIO, FIESTAS, FIN DE AÑO, COMPRAS, CASAMIENTOS, CENA DE EGRESADOS, DESPEDIDAS, CIERRES… son algunas de las palabras que resuenan en nosotras cuando pensamos en esta etapa del año.
 
FIN DE AÑO – COMIENZO DEL AÑO LITÚRGICO. ¿Por qué la Iglesia habrá distribuido el año litúrgico de tal manera que cuando nos llama a prepararnos para una de las fiestas más grandes y hermosas de la cristiandad nosotras nos encontramos en plenas corridas?
 
¡Qué difícil vivir el adviento! ¡Qué difícil se nos hace “vencer al mundo” en esta etapa del año! ¿Qué sentido cobra este tiempo de Adviento frente a estas dificultades propias de fin de año, que parecen ahogar nuestra vida espiritual?
El cuento y la figura del centinela grafican muy bien la actitud que estamos llamadas a buscar y a apropiarnos en esta propuesta que nos hace Dios a través de la Iglesia y del ciclo litúrgico.
 
¿En qué consiste esta actitud?: ser centinelas de la esperanza. Anhelar con el corazón al Dios que está llegando a nuestro pueblo, buscando dónde reclinar su cabeza. Esperar con paciencia y perseverancia la promesa de que pronto llegará. Avisar, alertar, contagiar… ¡Pronto vendrá, y Él viene a aquellos que lo esperan!
La fuerza del centinela para esperar hasta el fin de sus días fue su GRAN ANHELO.
 
El sueño comenzó a rendirle… la gente regresó a su vida de cada día… él dormía tranquilo… ya nadie en el pueblo se acordaba… esperaba “desesperanzado”… dudó… Pero aquella orden de aguardar a Dios le había levantado la esperanza. En lenguaje schoenstattiano diríamos: “volvió, cada vez, a arrojar la piedra hacia arriba”.
 
Muchas veces nosotras mismas podemos vernos como el centinela que se deja vencer por el cansancio y la comodidad, o como el pueblo que se deja seducir por la contrapropuesta que hace el mundo. Es “normal” escuchar -más que en otras épocas del año- el exceso de alcohol en las fiestas y salidas… Es “normal” todo tipo de excesos y abusos porque llega el tiempo de “las fiestas”. ¿Es normal?
 
Frente a la pregunta: ¿Por qué la Iglesia habrá distribuido el año litúrgico de esta manera, cuando nosotras nos encontramos en plenas corridas?, podemos pensar que es fruto de la pedagogía del amor divino. Aquí tenemos, entonces, un cambio de orientación en nuestra pregunta: ¿PARA QUÉ Dios, a través de la Iglesia y la liturgia, nos ofrece el Adviento ahora?
 
Esta pregunta se vuelve interesante cuando cada una puede responderla desde lo más profundo de su vida interior, en diálogo con el Señor del tiempo, con el Señor de la historia y el dueño de nuestra vida. Algunas pautas pueden ayudarnos en este desafío de descubrir, una vez más, el camino que Dios me invita a recorrer en estos 29 días antes de Navidad...
 
¿Cómo son mis planes reales hasta la Navidad? ¿Qué actividades tengo? ¿Qué exigencias tengo? ¿Qué invitaciones recibí para este tiempo?
 
¿Cómo me encuentro ahora? ¿Estoy cansada? ¿Estoy tranquila? ¿Estoy a las corridas? ¿Estoy angustiada, preocupada?
 
¿Qué cosas me quedan pendientes en este año? ¿Pude dejarlas en las manos del Padre o aún me preocupan o me angustian?
 
¿A quién puedo o tengo que hacerle un regalo especial de Navidad? ¿Puedo fijarme un tiempo para esto?
 
¿Estoy peleada con alguien? ¿Puedo reconciliarme durante este Adviento como un acto de pequeñez?
 
¿Puedo fijarme el tiempo para ir a confesarme y así prepararme mejor para la Navidad?
 
¿Cuál es mi anhelo para esta Navidad? ¿Qué gracia quisiera recibir?
 
¿Y yo? ¿Qué quiero ofrecerle al Niño Dios? ¿Qué regalo le llevaré en el día de su cumpleaños?
 
 
Que María, la Virgen de la espera, la Virgen de la alegría silenciosa, la Virgen de la confianza, nos acompañe en este caminar, nos regale su esperanza, su anhelo, su escucha, su fidelidad, su alegría… Pidámosle que repita en nuestros corazones ese FIAT que nos regaló nuestro más preciado tesoro, para que también nosotras seamos el lugar del milagro de la Nochebuena.
 
La antífona mariana que reza la liturgia de las horas después de completas (la oración de la noche) dice así:
 
Madre Santa del Redentor,
puerta siempre abierta del cielo,
estrella del mar,
socorre al pueblo que cae y procura levantarse,
Tú que ante el asombro de la naturaleza
engendraste a tu Santo Creador.
Virgen antes y después de haber recibido
de la boca de Gabriel aquel Ave,
ten piedad de los pecadores.
 
 
Rezando esta antífona junto a toda la Iglesia (incluso junto al mismo Santo Padre que la reza cada noche!) podemos pedirle a la Reina del Adviento que así como lo hizo hace 2012 años, por el misterio de la Encarnación del Verbo en su seno, salve al pueblo que cae y procura levantarse, que salve a esta Hija del Padre que cae y quiere volver a levantarse. Que nuestra esperanza en este Adviento esté sostenida por Ella, la Madre de la esperanza, y que Ella sea nuestra fuerza para encontrarle el sentido a mi adviento, y poder decidirme a vivirlo con coherencia y alegría, tal como Dios me lo propone.

 

 

 

 Hna M. Lucila

 

 

 

 

VIRGEN DE ADVIENTO
 
Virgen de adviento                           
esperanza nuestra,                           
de Jesús la aurora,                           
del cielo la puerta.                            
 
Virgen de adviento                           
de la mar estrella                                              
llévanos a Cristo,                                              
danos sus promesas.                       
 
Virgen de adviento
la de gracias llena,
del Señor la sierva,
del mundo la Reina.
 
Virgen de adviento
alza nuestros ojos,
guía nuestros pasos
a la vida eterna.
 
Virgen de adviento                           
tráenos al Niño                                  

que nuestra alma espera.               

 

 

 

 

Comentarios

martes, 29 de noviembre de 2011 04:25 p.m.
Interesante y útil, gracias Hna!
# patricia
sábado, 17 de diciembre de 2011 03:13 p.m.
hermoso articulo Hna.M Lucila,para este tiempo donde se mezclan las locuras del fin de año y la esperanza del adviento,ojala tengamos en este tiempo la fuerza del centinela para esperar hasta el fin de sus dias...y a la vez entender que Dios siempre esta,en el siliencio de la espera,aunque creamos no verlo..

"De pronto, oyó una voz a sus espaldas que decía: “¿Pero es que no me conoces?”. Entonces el centinela, aunque no veía a nadie, estalló de alegría y dijo:
“¡Oh, ya estás aquí! ¿Por qué me has hecho esperar tanto? Y ¿por dónde has venido que yo no te visto?

La voz respondió: “Siempre he estado cerca de ti, a tu lado; más aún: dentro de ti. Has necesitado muchos años para darte cuenta. Pero ahora ya lo sabes. Éste es mi secreto: yo estoy siempre con los que me esperan y solo los que me esperan pueden verme”

FELIZ ADVIENTO!!!

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