belu__roasio publicado en octubre 18, 2010 14:39

“Las grandes palabras se pronuncian después de un largo silencio. Las decisiones más importantes se toman en el silencio. Las entregas más radicales se hacen en el oculto silencio del corazón”.
El 5 de septiembre elegí hacer una pirueta: hice el Poder en Blanco e ingresé al Círculo de Miembros de la JF.
Y digo “pirueta” porque es la forma más gráfica y genial de contarles lo que significó para mí.
Más allá de la preparación “protocolar” que precede a todo gran compromiso, el retiro fue la puesta en escena de un paso agigantado hacia lo alto.
Sellar el Poder en Blanco y ser Miembro tuvo una previa colmada de inseguridades que se iban disipando en cada oración, en cada aferrarme con más fuerzas a las manos de María, sentí miedo de pactar algo tan importante como mi vida con alguien tan poderoso, aparecieron las dudas a los interrogantes más propios de un ser humano, experimenté la alegría de sentirme llamada de un modo especial.
La gestación de la Alianza de Amor en profundidad giró entorno a la Santa Misa. Y así aprendí a vivir la Eucaristía desde la pequeñez de un alma de Dios, desde lo básico e informativo hasta lo más elevado y formativo.
El retiro era, “por consigna”, de silencio (aunque es digno de una mujer dejar escapar una que otra palabrita), y ese silencio fue el campesino que trabajó la tierra interior de mi alma para que la semilla caiga, muera y dé frutos.
Sentir el frío de la noche que helaba y la calidez del sol matutino que hacía brillar los ojos de cada aliada y compañera era una muestra de la presencia de la Reina en el corazón de Nuevo Schoenstatt.
Aprender a adorar, a mirar, a escuchar y percibir a Jesús en cada Eucaristía es una ciencia llena de misterio. Y elijo descubrir cada día un poco más de ese milagro.
Y la pirueta, además de una preparación encauzada por conocimientos y emociones, requiere de la convicción interna de lanzarse a volar alto y la confianza de saberse amada de un modo sobrenatural. Entonces, la originalidad de darle una forma personal. Así, una inexplicable fuerza me colocó a los pies del Santuario a decir “¡Sí, siempre sí!”, a recibir el anillo como símbolo de esa Alianza para convertirlo en mi recordatorio cotidiano del amor infinito hacia un alma en pequeño.
Florencia Malmierca