Juventud Femenina
domingo, 20 de mayo de 2012
  Diócesis  
10
Cristo Rey

Fiesta de Cristo Rey… con ella empieza el Adviento, un tiempo de espera silenciosa para el acontecimiento más importante de la historia de los hombres.

 
Por primera vez medito sobre este tema: el Adviento comienza con la fiesta de Cristo Rey. Muchos suelen pensarlo al revés: el tiempo ordinario concluye con la fiesta de Cristo, del Rey, en el que reconocemos su grandeza y su divinidad. Para muchos la fiesta de Cristo Rey es la coronación de la fe, el final de un año de crecimiento y de lucha espiritual en el que Cristo al final vence. Representaría algo así como la llegada al Cielo, como la posesión de aquel “Bien Eterno” que tanto añoramos y sin el cual nunca descansaremos en paz…
 
Sin embargo, hoy yo vivo la fiesta de Cristo Rey de otro modo, la vivo como la Transfiguración del Señor en el Monte Tabor antes de la Cruz. La fiesta de Cristo Rey es aquello que nos sostiene en la espera silenciosa y dolorosa del Adviento, aquella que pasa sin grandes signos, en la que nos toca a nosotros poner de nuestros sacrificios cotidianos, insignificantes, confiando que se trata de un tiempo de espera, y que al final el Emmanuel va a llegar para establecer su Reino de amor entre nosotros.
 
¿Y que es la espera? Es una actitud profundamente mariana. María pasó su vida esperando, porque era tan consciente de su pequeñez que sabía que no le correspondía exigir. Cada signo que aparecía para Ella era un regalo. Se sabía criatura de su Dios, se sabía nada, y como tal sabía que en última instancia no merecía lo que iba a recibir, y que si lo recibía era puramente por Misericordia del Padre que posaba su mirada sobre Ella. Esperaba porque era humilde, y porque confiaba. Confiaba en que era criatura de un DIOS AMOR, que no la dejaría con las manos vacías. “Colmó de bienes a los pobres…”
 
La vida es espera. Continuamente esperamos que se colmen nuestros anhelos. Porque tenemos corazones inquietos que arden en amor por la misión, pero que a la vez son torpes, están tan inundados de la post modernidad que quieren todo YA. Y sin embargo, en lo silencioso y oculto de la espera se esconde un gran amor, una gran confianza… quien se anima a esperar en la oscuridad, reafirma con su vida que aquel en quien espera merece toda su confianza; en otras palabras, reconoce día a día que Cristo es Rey del Cielo y de la Tierra. Quien se anima a seguir caminando lleno de esperanza, aún sin poseer ni un solo signo de victoria, es quien sabe que ésta no depende de sus propias fuerzas, sino del mismo que nos envió a la Batalla.
 
Y aunque la vida entera es espera de la posesión de aquello que tanto anhelamos, de Dios, hay momentos en la vida en los que se espera un poco más. Tal vez sean estos años que nos tocan vivir ahora, estos años de juventud, en los que el corazón se nos explota de sueños y anhelos aún cuando en nuestra vida real y concreta no haya signos de que estos se vayan a cumplir, tal vez sean estos años en los que más haya que esperar, porque esperamos algo grande, esperamos el Reino del Padre; y el Reino del Padre implica muchas renuncias. Implica decirle que NO a los códigos y leyes de esta tierra, implica vivir y alimentarse de personas, de lugares, de ideales que no son del común de la gente. Implica vivir en la tierra caminando en el cielo. Implica aceptar la condición de “extranjero en un mundo que no entiende nuestro canto”. Implica regalarle TODO a Dios, TODO: nuestras fuerzas, nuestro tiempo, nuestras renuncias a cosas del mundo que nos llaman la atención y que, sin embargo, despreciamos por el Padre. Implica apostar a diversiones sanas, a amistades verdaderas, aún cuando eso signifique decirle que NO a aquellos vínculos fáciles pero que no nos elevan… ESTE SER ENTERAMENTE DEL PADRE, INCLUSO EN NUESTRA JUVENTUD CUANDO PODRÍAMOS DECIRLE SÍ A TANTAS OTRAS COSAS QUE NOS LLENARÍAN “MOMENTANEAMENTE”, E INCLUSO CUANDO EL PADRE SE HACE ESPERAR, Y DETIENE SU RELOJ DE LA ETERNIDAD, AUNQUE NUESTRO RELOJ TERRENAL SIGA CORRIENDO MOSTRANDONOS QUE NUESTRA JUVENTUD PASA, implican un alto grado de fe, de filialidad, de confianza ciega. Implican una actitud de Poder en Blanco. Solo podemos vivir estos años de “Adviento” cimentándonos en la fiesta de “Cristo Rey”.
 
Es que dicen que para Dios no hay tiempos. Dicen también que los tiempos de Dios no son los nuestros. ¿O será que nuestros tiempos no son los de Dios? De cualquier manera, la juventud, estos años de construir sobre roca firme, son como un largo adviento. Renunciamos a vínculos falsos, aun cuando muchas veces nos sintamos solas. Renunciamos a amores “Light”; aun cuando en nuestros corazones exista la profunda necesidad de ser amadas en plenitud. Renunciamos a alegrías pasajeras de este mundo, aun cuando en nuestras caras muchas veces haga falta una sonrisa. ¿Y todo por qué y para qué? Por lo VERDADERO, porque sabemos que la VERDAD Y EL AMOR triunfan, y no queremos vender nuestras vidas al primer postor que ofrezca monedas; queremos guardarla para el mejor postor, que aunque se haga esperar, sabemos que está allí buscándonos. Esperamos por amor eterno al REY, a nuestro REY, en quien confiamos. Confiamos en su poder y en su bondad, confiamos en que tanto sacrificio no caerá sobre bolsa rota. Confiamos en que El no planta anhelos vacíos en nuestros corazones, anhelos que El después no quiera cumplir redundando en generosidad y Misericordia.
 
Por eso la fiesta de CRISTO REY y el comienzo del ADVIENTO vienen muy de la mano, tanto como el viernes santo y el domingo de pascua. Sin Cristo Rey, no hay Adviento que tenga sentido ni que sea vivible. ¿Para qué esperar lo que no sabemos si va a llegar? La fiesta de Cristo Rey nos repite una vez más EN QUIÉN Y POR QUIÉN esperamos… esperamos EN ÉL, CON ÉL y POR ÉL. Entonces… ¿a qué tenerle miedo? Será cuestión de animarnos a frenar también nosotras nuestros relojes equiparándolos con los de la Eternidad, y dedicarnos a entrometernos en las más tiernas y arriesgadas aventuras divinas, con la seguridad de que cuando sea tiempo, ÉL SE GLORIFICARÁ.

 

 

Angie Spinassi

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