hmariasol publicado en junio 23, 2010 04:38

Queridas chicas:
Me encargaron la difícil tarea de escribir esta columna desde la posición de “ex - JF”. Resulta difícil porque una nunca se siente (y se acepta!) como una ex de la Juventud. En lo más profundo de nuestro corazón sigue latiendo el ideal de Rama, quizás con menos intensidad que antes, pero sí con mayor madurez y responsabilidad.
Más allá de contarles mi experiencia y transmitirles los recuerdos e impresiones de mis hermanas de generación (seguimos en contacto a través de los años, ahora con nuestros hijos y esposos incluidos) quisiera compartir algunos recuerdos que este artículo revivió. Recuerdo la Escuela de Portadoras, con las Alianzas Filiales acompañadas por la Hna. Ursula, las caminatas por el Camino del Padre en interminables charlas con el Padre Benjamín, al que seguimos buscando cuando nuestras penas pesan mucho, los Campamentos, especialmente aquel donde elegimos el símbolo del Círculo meditando cada detalle frente al mar. No puedo transmitirles la emoción que me genera ver estos anillos en sus manos hoy, recordando cuánto amor pusimos, cómo asumimos la responsabilidad de este legado para las generaciones que vendrían. Y quiero compartir nuestra primer Jornada de Jefas en Nazareth, cuando elegimos el nombre de NUESTRA casa, todas sentadas en los escalones alrededor del patio central. Orgullosamente una de las chicas me pidió que recuerde que Nazareth fue la propuesta de San Juan. Y tengo que confesar que volví a esa casa hermosa años más tarde, llevando a mi hijo de la mano para mostrarle las azucenas que plantamos y que las hormigas frustraron. Recuerdo las noches interminables de guitarras, café y mate… y unas galletas que las hermanas insistían en comprar y que no nos gustaban. Lo maravilloso de esa casa es que en su inauguración nos acompañaron algunas exJF, de las primeras generaciones, llevando regalos para este sueño que era la casita propia de la JF. Y entró un esposo, cargando un microondas (en ese momento era un objeto de lujo) diciendo que así agradecía a la Juventud por lo que había hecho por su mujer y por consiguiente, en su familia. Creo que ese gesto marcó mi vida para siempre, pensando que lo que recibimos en la etapa de la JF es una fuente infinita de gracias, de amor, de valores que acumulamos en nuestra alma para volcarlos luego en nuestros hijos, en nuestros maridos, familias, en nuestra profesión. Y que mi esposo en algún futuro debería poder decir lo mismo.
Nuestro paso por la Juventud es una etapa de ideales que llevamos adelante con una energía que retrospectivamente nos parece sobrenatural, siempre mirando hacia arriba, hacia lo más alto como nos enseñó el Padre. Luego el vértigo nos absorbe, a todas sin excepción, y nos hundimos en un torbellino de responsabilidades, mamaderas, horarios, pañales, presiones, tareas…. Y en medio de eso, cada tanto, cerramos los ojos y nos repetimos “Entonces mi Alianza suscita todas mis fuerzas diciendo….ha llegado la hora de tu amor”. En cada una de nosotras se puso a prueba la fidelidad, y todas respondimos (mejor o peor, como pudimos!) aferradas a la fuerza de la Alianza con la Madre que nunca nos abandonó. Creo que el mejor símbolo de esto es mirar nuestras manos, todas seguimos luciendo nuestro anillo de Miembro como la más valiosa de las joyas.
La Juventud deja en nuestra espiritualidad un sello inconfundible, una impronta que nos acompañará por toda nuestra vida, que luego nos descubriremos transmitiendo a nuestros hijos. El que mis hijos llamen a la Mater “mamá del cielo” es sin dudas mi mejor herencia.
Por último quisiera compartir con ustedes un mensaje maravilloso que me envió una de las chicas. Asustada con esta tarea les pedí ayuda y ella me envió esto. No quiso que diga su nombre, pero lo que escribió transparenta su alma pura de una manera increíble y resume perfectamente lo que vivimos en la JF y lo que aspiramos vivir ahora:
Cuando miro para atrás hacia los años de la JF, podría resumir qué me dieron esos años en tres ideas claves:
1) Me dieron una profunda experiencia de Dios, de Jesús, de María, del Espíritu Santo, del Padre Kentenich y el santuario, en fin, del mundo sobrenatural. Esa fe es una columna que sostiene mi vida aunque ahora haya nuevos desafíos como madre y mujer, otros lenguajes como profesional, otras preguntas que ni siquiera imaginaba en el pasado... Haber conocido de cerca a Dios, haberme sentido amada por Él y haber querido amarlo con todo mi ser y con mi vida diaria es un "capital" que ya nada ni nadie me podrá sacar.
2) Los años de JF me dejaron grabada la conciencia de la autoeducación, es decir, la necesidad de seguir creciendo cada día, y de esperar lo mismo de mi esposo y, el día de mañana, de mi hijo. Eso es una respuesta humilde ante las dificultades de la vida: saber que yo no sé todo, que soy imperfecta, que todos lo somos pero podemos mejorar de la mano de la Mater... Eso me lleva a ser realista, a saber pedir ayuda, a estar conectada con mi interior y darme cuenta si estoy estresada por demás, si hay algo que me inquieta o me angustia desde el inconsciente, si debería consultar a un psicólogo, si debo aclarar las cosas con alguna persona...
3) Esto quizás sea lo más personal, y es lo que me resulta más difícil expresar. Puedo decir que los años de JF fueron años de "sanar heridas" (familiares, de mi autoestima, de mis anhelos no satisfechos) y de "alimentar la promesa" (de confiar en que Dios tenía un plan para mí que me iba a hacer feliz y libre, aunque tuviera que sacrificarme por ese plan). Y ahora que soy una mujer madura, que tiene a su cargo muchas responsabilidades de distinto tipo, puedo sentir que "se cumplió la promesa", que tanta efervescencia de la juventud hoy se transformó en (relativa) sabiduría, paz, buen criterio, salud mental, generosidad, vínculos sanos, fidelidad a lo más profundo de mi ser y de la Voluntad de Dios. O sea, que Schoenstatt me da un "centro" en la vida, un camino para ser "orgánica" y buscar esa armonía entre los seres que amo y los que me son confiados de distintas maneras...
Me despido, no del todo, porque en cada oración de la noche, cuando repita internamente “Hija del Padre, forjadora del Reino” estaremos unidas en el corazón de la Reina.